Palabras

Todo inició con una muchedumbre de palabras. Del gran enjambre salían volando las letras que se fueron deshilando hasta formar el mundo. Los hombres llegaron después, cuando los Señores vieron que la tierra era muy grande para ellos, entonces, de las alas de los colibrís se desprendieron las semillas para fecundar las flores, y los hombres de palabra nacieron.

Los niños escuchaban extasiados a su madre, quien les contaba cómo había nacido el mundo y los hombres. Graciela se había casado hacía ocho años, fue cuando las enredaderas se trenzaron fuertemente alrededor de su casa, y conforme cada ciclo de la siembra pasaba, se hacían más amargas.

María y Gilberto Chico tenían seis y siete años respectivamente, se preparaban para acompañar a su madre a recoger el frijol. Cada uno tomó su costal y morral. Era muy temprano, pero podía verse que el día sería nublado. Chela, como le decían sus amigos, agarró su bastón y llamó a Salmón, un perro blanco y escuálido, que se acercó moviendo la cola. Los cuatro se dirigieron a su jornada.

Gilberto era autoridad, lo habían elegido síndico. Estaba sumamente orgulloso de su puesto, a su padre nunca le habían dado ningún cargo, era un ebrio que se quedaba dormido en cualquier parte. Se levantó para ver cómo su familia seguía el sendero del rancho, luego entró a la cocina y vio su café servido. Hacía tiempo que su esposa no lo atendía bien. Oyó el silbido de Alejandro, un topil, y se fue a realizar su tequio.

Los días nublados eran excelentes para recoger la cosecha, se podía trabajar mejor. Al llenar sus costales, Chela y sus hijos regresaron a la casa. Ella inició los preparativos de la comida y esperó que al atardecer llegara su esposo. La tarde terminó, pero no había huellas de Gilberto. María cabeceaba en la mesa y Gilberto Chico esperaba los plátanos a las brazas.

La puerta de madera golpeó la pared de adobe, la brutalidad impactó a los niños. María despertó de sus ensoñaciones y corrió a lado de su madre. Chico se quedó sentado, viendo a su padre tambaleándose con una botella en la mano. Salmón levantó apenas la cabeza y volvió a echarse. El señor de la casa pidió de cenar, se acercó a su hijo y colocó una mano en su cabeza.

—Esa niña siempre se la pasa pegada a tus faldas —el desdén iba de la madre a la niña, y de la niña a la madre.

El hombre se sentó, miró complacido a su hijo. Azotó el puño sobre la mesa, para que el servicio llegara lo antes posible. Graciela calentó las tortillas y el caldo de frijoles, con la niña pegada a sus piernas, luego sirvió la comida. Cuando estuvo suficientemente cerca, Gilberto tomó el machete enfundado, y con él comenzó a pegar a Chela, en consecuencia, a la niña. Ambas chillaban. Chela intentaba proteger a su hija, recibiendo la mayor tunda.

—¡Deja a mi mamá! —advirtió Chico.

El niño pateó las piernas de su padre. Salmón socorrió a los desamparados, enseñando los colmillos. Gilberto tomó del brazo a su hijo y lo arrojó a la silla, por lo que Salmón aprovechó para morder la pierna del verdugo, del cual se aferró como a un pedazo de bistec. Las mujeres se apartaron lo más que pudieron, justo en el momento en que Gilberto desenfundó el machete y le asestó el filo al perro, que se quedó tumbado y gimiendo de dolor.

La familia miraba cómo Salmón sangraba y sus ojos se transformaban en dos gotas de lluvia, Chico se arrodilló a su lado, consolándolo. El padre contempló la escena, luego sentenció:

—No vuelvas a dejar el desayuno en la mesa como si fuera un perro —Gilberto escupió a la cara de Chela.

El esposo se fue a dormir. Los niños sollozaron a lado de Salmón y esperaron a que cerrara los ojos por última vez. Entonces, Chela le dio a cada uno de sus hijos su morral, no sabía qué hora era, ni quiso saber. Salieron por la única puerta, para dejarse envolver por la oscuridad.

Chela escapó en la negritud de la noche, ponía en cada paso una distancia mayor entre su verdugo y ella. Llevaba un niño en cada mano, haciéndolos volar por el camino. Anduvieron horas, hasta que el amanecer les mostró un pueblo que se escondía entre las montañas. El centro estaba adornado por un quiosco de donde humeaba un anafre con una olla de café. A lado se encontraba estacionado un autobús, cuyo letrero anunciaba la ciudad como destino.

La mujer compró un pan y un vaso de café para sus hijos, después abordaron el autobús. En lo que le pareció una eternidad de espera, al fin, el camión inició su trayecto. Tras varias horas, el paisaje montañoso se convirtió en prados verdes; el amanecer, en un bello crepúsculo que le daba la bienvenida.

Salieron de la estación de autobuses. Los altos edificios eran grandes órganos, coronados por la luz del sol. Chela estaba contemplando la muralla de construcciones, mientras sus hijos exploraban sus ojos. El silencio transformó el espacio. Ante ellos, nacía un nuevo mundo de ladrillo y metal. De pronto explotó el bullicio. El enjambre de sonidos se propagó por todos los rincones. El aleteo de sus hijos, mostrándole esto y aquello, la hizo sonreír. Suspiró, y se internó entre las calles.

Publicado: Matías Rendón, Ana. «Palabras» en Revista Cronopio, núm. 84, abril 2019, artículo en línea en: http://www.revistacronopio.com/palabras-ana-matias-rendon/

A %d blogueros les gusta esto: