Pluma de agua y fuego

Ana Matías Rendón

La luz producía la región oscura. Se movía ciego por el resplandor de los adornos. Era un ladrón entre las sombras de la catedral, un inmundo roedor rastreando las jicoteras del recinto. El olor trufado se desprendía por los pasillos, la madera de las bancas recién lustradas se le quedaba en las fosas nasales y el estornudo atrapado le hacían insostenible cualquier estancia. Las miradas sobresalientes de las paredes lo incomodaban. En medio de la angustia escuchó una voz proveniente de los sótanos. El corazón se le redujo, semejante a un animalillo que busca un escondrijo: su cuerpo quieto; sus entrañas revoloteaban. Los martillazos tras su espalda se confundían con la percusión del fondo…

Tomado de Cristóbal Colón, descubrimiento de
las Américas, de A. Lamartine, Madrid, 1885.

El canto de los muertos, el lenguaje de jade resistiendo y los golpes que me llamaban: las gesticulaciones sagradas. El llanto lastimero de mis antepasados ascendía en espiral por la tierra del Mictlan, envolviéndome. La música del caracol rojo…

El ruido externo de los trabajos sobre la fachada de la catedral lo apuraban a salir, los destellos de la ornamentación, por el contrario, lo hicieron tropezar. A traspiés pasó entre las bancas, uno de los confesionarios se abrió, esquivó la puerta y salió asustado.

El sol lo cegó, continuó huyendo en medio de una gran nube de polvo alzada por los cinceles, todavía atrapado por las imágenes de los demonios, vagó indeciso, alejándose de aquella montaña hecha de cantera gris. Llegó a la Plaza del Volador, donde una mujer negra de mediana edad lo vigilaba. Aquella mujer de cuerpo férreo y andar decidido sostenía una canasta en su brazo, velando los pasos del indio. Él giro para dar de bruces con su presencia.

La mujer con la enagua atravesada en la cabeza lo examinó por un momento, luego comenzó a caminar; la saya de seda y la camisola adornada de collares y pulseras le daban un donaire entre la multitud de sirvientes que a esa hora coincidían. El macehual siguió a la esclava con el temor en los pies y los ojos pegados al suelo, recogiendo cuánto ella le aireaba. No se volvió a separar.

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*Publicado en: Suplemento «Ojarasca» de La Jornada, número 259, noviembre 2018, pp. 6-7. Artículo en línea en la página web de Ojarasca.

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