El hombre del arenal

Ana Matías Rendón

La noche escarpada. El hombre se equilibraba sobre el riel izquierdo de las vías del tren. Las piedrecillas poblaban el camino, lo demás, terreno vacío. Era un alma desgraciada, llevaba días sin comer, maldecía al cielo, las estrellas, al mundo que no era suyo. Cuánto daría por regresar, para estar en el corte de café, para sentir cómo el agua de la lluvia le mojaba las manos mientras recogía los granos, pero no, caminaba sobre una larga espera, tan infinita como quien aguarda a un desaparecido.

El páramo resaltaba la figura delgada. La camisa, los pantalones y la chaqueta, dos tallas más grandes, guardaban el polvo del desierto. El cuerpo enjuto acrecentaba su insignificancia al paso de las arenas. La oscuridad era un gris medio que resaltaba las arrugas de su rostro. El pelo era lacio, escamado y sucio, cubierto por un sombrero, cuyo listón amenazaba con desprenderse.

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Fotografía de Mariana Yampolsky

Murió cinco veces, cuatro en su pueblo, la última vez fue en la tierra de los extraños, estaba bien seguro. El hombre se detuvo para escuchar el silencio salpicado por los murmullos, atento para comprenderlos. Tenía la estatura de una ardilla, pero la intuición de un perro. En ocasiones le parecía que el desierto se convertía en el cafetal y que él era el tigre, ligero, acompasado, dueño del sendero; otras se imaginaba con la cerbatana al acecho de un venado y cuando el cansancio lo vencía, mecido por el lomo del burro, cabalgando por los desfiladeros de las montañas.

Pasó el tren y él siguió caminando sobre el riel con las manos enterradas en los bolsillos del pantalón. Miró a la lejanía para descubrir un árbol seco, suspendido en medio de la polvareda, en donde descansar. Las ramillas se asemejaban a los dedos artríticos que se esfuerzan por alcanzar el cielo. Su mirada atravesó las ramas secas enredadas con las nubes, al regresar notó la corteza hinchada desprendiéndose de la carne. Deseaba quedarse ahí para soñar, sólo que recordó que un anhelo semejante lo había atrapado.

Se ahogaba como el día en el que la cascada se lo llevó por los rumbos del río. El polvo era agua que se quedaba en la garganta, intentaba escupirlo, levantaba la cabeza por encima de sí mismo, pretendía crear remolinos de saliva para deshacerse de la asfixia, pero era en vano.

El hambre se convirtió en una parvada de zopilotes que volaba sobre la cabeza del viajero, éste sin embargo no se amedrentó, respondió con la cara alzada, retando a su destino. Esperaba la costumbre, que le hablaran para que pudiera regresar, entonces ya no tendría apetito ni ambición. ¡Mal haya el momento en que decidió salir! Se lo dijo su hija: “¡para qué va apá!”, pero sus oídos estaban como embrujados, tapados con cera de la necedad.

Los árboles secos se multiplicaron, eran más bien los recuerdos de los árboles, pues medían un metro y medio. Las ramas formaban sendos ventanales que se abrían para avisar que no había nada más allá. Los brazos se extendían progresivamente para alcanzar el cielo. Los troncos flotaban sobre los hoyos de arena. El hombre disminuía en el arenal ceniciento. Una culebra zigzagueó por la tierra perdiéndose entre las dunas, entonces pudo ver un letrero viejo e ilegible, sujetado a medias del poste, adelante estaba la carcasa de una estación. Alcanzó a escuchar la voz del viejo brujo.

Mdoijk Komagaaxp…[1] ―era un murmullo casi imperceptible, pero él lo comprendió. ―Mgäpx yë [2] ―continuó el brujo, dirigiéndose a alguien más.

―¿Papa?… ―dijo la mujer.

¡Ka![3] ―exclamó el viajero.

Kaapx mits ayuuk. Ka jaayuukp[4] ―la reprendió el chamán―. Nëëm’ wan twimpity…[5]

El viajero luchó por nadar entre las olas de arena que lo arrastraban, sus dedos grisáceos raspaban la tierra, su estómago se alimentaba del polvillo. Desesperado, intentó gritar: “¡kaapx mits ayuuk, ëëtsom ayuuk ja’ay!”,[6] todo en vano, la piel se le desprendía. Regresaron los zopilotes, posándose sobre sus huesos que se esforzaban por alcanzar el cielo, picoteando los remanentes de la corteza, mientras el arenal conquistaba el paisaje.


[1] ¿Me escuchas?
[2] Dile algo
[3] ¡No!
[4] Habla en mixe. No te entenderá.
[5] Dile que regrese…
[6] Habla en mixe, ¡somos mixes!

*Publicado en: Ojarasca de La Jornada, número 235, noviembre de 2016, p. 7.

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