Los Hongos

 

Frutos abundantes caen por la fuerza inquebrantable de la lluvia. La madrugada es clara, tan suave como el murmullo de los grillos en otoño; sin embargo, los granos del cielo la traicionan, oscureciendo el camino. Entre las ramas de los árboles corre un hombre esmaltado por la tierra, cuyo destino se encuentra en las profundidades del cerro. A Celerino no le importan los golpes, trata de mantener el rumbo quitándose el agua de los ojos con la manga empapada, hasta que tropieza sobre la hojarasca, al pie de una pomarrosa; prueba incorporarse, pero las suelas de sus huaraches le hacen resbalar, manteniéndolo en el suelo.

―¡Celerino! ―Un grito recóndito― Ya vienen.

El hombre se levanta, el color de su ropa no se distingue bajo la capa de lodo, una cuerda tejida le cruza el pecho, en señal de que oculta su morral tras la espalda, en tanto el machete pende inseguro de la correa de su funda; jadea, se agacha con las manos recargadas en los muslos y mantiene la vista en el fondo de la arboleda para ver la figura que se acerca, después mira hacia arriba, espera a que amanezca.

―Ya pasan de las tres ―un sujeto más bajo, vestido con camisa blanca, pantalón de mezclilla y botas negras, se detiene a unos pasos frente a él―, te dije que no viniéramos a esta hora.

Un trueno despega el vuelo de los pájaros. Los camperos observan cómo las copas de los árboles se sacuden; sin mediar palabra, continúan cuesta abajo, corren sobre la alfombra de pastura regada, de vez en cuando se atreven a inspeccionar la atmósfera y advierten la expansión del nimbo. En la lejanía sólo se presienten las sombras que olfatean sus huellas.

―¿Cuánto falta para llegar? Parece que este cerro no tiene fin, ya hemos bajado mucho ―Abelardo interrumpe la huida, se fija en el machete mal colocado de Celerino; se arrepiente de no traer el suyo―. Te dije que de esta tierra no, pero no me escuchaste ―la mirada de reproche de Celerino como respuesta―, te lo dije, te lo dije y te lo dije.

El pecho de Abelardo, sube y baja a la par de sus sentencias, gira la cabeza de un lado a otro para seguir negando; sus ojos descansan en una pomarrosa de raíces sueltas, en las cuales se halla la broza machacada. Examina a su alrededor, platanales y naranjales se alzan alrededor de ellos, su amigo recoge un cítrico e investiga las alturas.

―Ya pasamos por aquí, de ese lado ―señala su izquierda. Celerino sigue su indicación, al fin le pone atención, luego ríe a carcajada suelta.

―Estás loco, si hemos bajado, ¿cómo vamos a regresar?

―Te lo digo Celerino, que no hemos avanzado. No debimos haber venido ―voltea hacia atrás―, ¿qué pasaría si la montaña no nos deja salir? ¡Eh! ¿Qué pasaría?

―Tú estás loco, sólo tenemos que llegar al río. Lo que pasa es que no agarramos el sendero de subida, por eso crees que ya nos perdimos ―incrusta los dientes en la naranja, en una tentativa para demostrar calma―, mejor sigamos, ya arreció el agua.

―Vendrán por nosotros, mejor deja los hongos, así nos dejarán salir.

―¡No! Ya nos falta poco compadre, es que tienes miedo por eso estás así. Los Señores nos dejarán salir, bien saben que es para mi chamaco, además el viejo Clemente les habló y ellos aceptaron.

―Ese viejo ni es brujo, además dónde está su nahual, dijo que nos protegería y nada.

―Ya llegará, nomás no te agüites… Anda que ya vamos a llegar.

Los campesinos reanudan la travesía. A la distancia las nubes grises se apoderan del firmamento, las gotas más enfurecidas atacan sobre los árboles, obligándolos a inclinarse. El viento se lanza por la falda del cerro con plena libertad, silbando su llegada a los fugitivos.

Celerino sujeta su morral e intenta quitarse los brazos de los cafetales que lo golpean, después de un rato exclama eufórico: “¡Oigo el río!”. Nadie le responde. Frena de golpe ante el despeñadero cubierto de neblina. Da media vuelta en busca de su compadre, entorna bien los ojos, pero los nimbos se concentran espesos, ocultando el último vestigio de la luna. Oscuridad total. Unos pasos machacan la tierra. El hombre de lodo gira hacia todos lados sin atreverse a perder el eje de rotación. Los pasos se multiplican. El aullido del coyote rompe con su miedo, cae de espaladas sobre la hierba, a tientas acomoda los hongos de su morral y saca un cilindro metálico cubierto por una bolsa de plástico.

―¡Ö’! ―El sonido gutural característico de los indígenas de la sierra, para llamarse a través de las extensiones de los sembradíos, se oye en medio de los ruidos de las sombras. Otro Ö’ como respuesta. Celerino se incorpora, le pega a su linterna, sin embargo, ésta se niega a encender. Pasos sigilosos se acercan.

―¿Celerino?

―¡Quédate donde estás! Aquí hay una barranca. Mi linterna no prende.

Un relámpago ilumina la posición de los campesinos que se observan por un instante, entre tanto, las ramas se golpean furiosas y el silbido del viento se vuelve penetrante.

―¿De quién son estas tierras? ―pregunta Abelardo.

―¿Qué? ¿Qué quieres decir?

―¿Por qué hay sembrado café y frutas?

―A lo mejor nos fuimos por el otro lado y ya hasta cruzamos y no nos dimos cuenta –dijo aliviado el hombre de los hongos– ¿ya ves compadre?, y tú preocupado, sólo esperemos a que amanezca y nos iremos pa’ la casa ―silencio―, ¿qué hora son?

―Pasan de las tres ―pero Abelardo no consulta la hora―. Escuché sus pasos, son muchos, vienen detrás de nosotros. Estas tierras son de los Señores. Ya no saldremos vivos de aquí.

―Eran coyotes, yo también los escuché.

Las nubes se abren ligeramente dejando caer más agua, al mismo tiempo que un poco de luz se filtra entre ellas. Los compadres se contemplan. Abelardo camina hacia él, viendo con inquietud el fondo blanco que se extiende a sus pies. Celerino lo sigue.

―No se oye el río.

―Es por la lluvia.

―Estamos perdidos. Acéptalo, no saldremos de aquí. Mejor deja los hongos.

Celerino no responde, camina al borde del barranco, obligando a su compañero a seguirlo. Llegan a un sendero improvisado, con las huellas de pisadas recientes. Hay frutas esparcidas en la tierra. Una pomarrosa de gruesas raíces sobresale entre los frutales. El sudor de Abelardo corre paralelo al del agua de la lluvia.

―No llegaremos a este paso… regresemos. Busquemos el camino de subida.

―Escucha ―Celerino cruza con un dedo sus labios, después señala su oído y dirige la atención sobre los árboles apartados―, es una radio. Es música lo que suena. Me parece ver una luz allá ―se queda quieto, como un depredador―, debemos caminar a aquel extremo ―Abelardo lo vigila con inquietud.

―No compadre, es tu imaginación. Pasan de las tres. Mejor volvamos, encontremos el camino por el que subimos.

El agua irrefrenable sigue vaciándose del contenedor celeste. Celerino se ha quedado inmóvil, pretende distinguir lo que su ilusión está creando. Un relámpago interrumpe sus visiones, la pomarrosa se encuentra frente a él, pero no consigue articular palabra, es Abelardo el que deja salir su miedo y grita. En ese momento a ambos les queda claro cuál debe ser su nueva dirección; suben la montaña. Las plantas también van cobrando altura, ahora rozan sus rodillas, la lluvia las hace crecer en un tiempo dilatado. Ráfagas de luces atraviesan el paisaje, los dos amigos las sortean, persiguen el cielo con los pasos lerdos de los mortales.

―¡Deja los hongos, Celerino! ―Grita Abelardo con el aire de la amenaza que atraviesa las paredes de agua― ¡Déjalos, compadre! ―Sin embargo, Celerino sigue sin escuchar― ahí vienen… los oigo acercarse.

Los matorrales crecidos les impiden avanzar con mayor rapidez. Celerino saca el machete para hundirlo varias veces sobre las asperezas que se arremolinan alrededor de ellos, a diestra y siniestra baila el filo de su terquedad. Abelardo sólo contempla medio loco, medio ausente, su tiempo se escapa a los recuerdos vagos que lo asaltan. El ruido de los machetazos lo despierta y divisa la Cueva del tigre. Las luces intermitentes de las centellas estrechan la senda. Un rayo cruza el espacio del inframundo al paraíso, el sonido que le acompaña truena invocado por la superficie de la soledad.

―¡El Señor del Rayo ya no nos dejará avanzar!

Abelardo mira la maleza abrirse en un surco, debido a las pisadas de sus cazadores; un relámpago se incrusta sobre el canal, entonces su rostro se agranda sorprendido y sonríe: “¡Es el brujo!”, pero de su estómago comienza a emanar un líquido escarlata. Celerino retira la navaja con parsimonia, mientras busca en el cielo las señales del amanecer.

***Matías Rendón, Ana. “Los hongos” en Revista Tierra Baldía, no. 57, Universidad Autónoma de Aguascalientes, enero de 2016, 23-25pp: Ana Matias Rendon-Los hongos

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