Cruz

 

La mirada en vuelo de un pajarillo recorre arriba y abajo la tierra montañosa. El hombre con los párpados caídos siente cómo la luz rojiza del sol se filtra por sus pensamientos, obligándole a descubrir el cielo azul a través de sus ojos negros que ocultan su mayor temor: “el cementerio”, se repite de manera necia. “Mi ropa estaba ahí… y lo del gallo muerto en la entrada de mi casa, a un día de recibir a los muertos, es un mal presagio… cómo ha podido hacerlo”. Si su nahual no fuera un jilguero él podría desquitarse, en cambio su suerte se lo impide, el destino que el viejo principal leyó en los frijoles seleccionados con mucho cuidado por su padre, los cuales no sirvieron para nada, sino para que fuera la burla del pueblo.

El triste hombre tumbado bajo un guayabo no puede dimitir: ¡llevarlo a él, a él al panteón, tan flaco y enfermo que estaba, ya para qué!, sin embargo, era incuestionable, había visto su camisa envuelta de tierra, a un día de recoger a su madre…

A la hora del crepúsculo decide dejar sus pensamientos, levantarse, recoger la leña y echársela al lomo; de camino a casa se nubla con las ideas de venganza irrealizable hasta que divisa al culpable y percibe una ligera sonrisa socarrona.

―Me ha venido a decir en sueños que te llevara ―le espeta su primo sin guardar disimulo― ¿a saber por qué?, no me lo dijo. Te ha de extrañar ―a Cruz le encantaría hundir el puño en esa cara burlona, pero es tan enclenque, tan insignificante, que sólo se queda parado en medio del sendero con una nueva idea: “Mi madre…”

―Mi madre ―le dice a su esposa durante la cena. Ella le mira tan molesta que no se preocupa en dejarlo ante una mesa vacía, mientras el fuego de la cena se consume en las cenizas y el humo se escapa entre los huecos del tejado.

La noche está resguardada por nubes transparentes que resignadas ciernen las luces de las estrellas suspendidas por la tela de los sueños, tranquilizando, así, a las almas que duermen con el último aroma a café del día. Pero Cruz no puede quedarse a velar las ensoñaciones, cuida fijamente el camino a la espera de las ánimas que le reclamarán su presencia a aquellas horas. En tanto las casas de adobe y piedra se pierden en medio de la vegetación, noviembre se extiende por encima de los primeros frutos verdes de los cafetales próximos a interrumpir como el horizonte sobre la mañana.

Una mirada penetrante se esconde entre los arbustos vigilantes de la cruz de los cuatro caminos, una mirada que no esconde la sonrisa cuando aparece un rostro moreno y demacrado surcado por los años, mal cubierto por un sombrero de paja, frente a aquellas barras cruzadas de cemento con la piel de la luna nueva y ostentando una orla de variadas ofrendas. El hombre clandestino sin tardanza deja los tamales con las vísceras de los pollos y escapa acompañado de la noche.

El cielo revela el amanecer con las campanadas de la iglesia, los murmullos de los pobladores se mezclan con las ramas de los árboles que se rinden ante el resplandor del camposanto, cuyos muertos se unen con los vivos. Cruz, sin embargo, está encerrado en la cocina, mirando al fondo de una mesa llena de comida, frente a él tiene un tazón de café, un pan y dos tamales que no ha tocado; su madre vendrá y la espera.

―¡Qué has hecho Cruz! ―la voz de su esposa que baja del cementerio le distrae―, ¡qué has hecho!

―Él me ha llevado al panteón para quedarse con mis tierras ―Cruz responde al mismo aire que le ha traído la reclamación.

Al regresar la vista, su madre se halla sentada al otro lado de la mesa, mastica de mala gana un pedazo de tamal con el corazón de un pollo en su interior y le mira fijamente con sus ojos vacíos.

En el exterior se oyen decenas de personas que se acercan, semejantes a los cascos de los caballos en carrera. Los pasos se avecinan, Cruz alcanza a mirar el cielo por un hueco de la cocina, en tanto su madre le sigue con la mirada.

―¡No! ―el grito de la madre.

Los difuntos derrumban la puerta, pero el pajarillo ha alzado el vuelo y desaparece por una de las ventanas improvisadas del tejado, la esposa al entrar mira el cuerpo derrumbado del hombre sobre el último almuerzo.

*Foto: Luna Marán

***Publicado en Suplemento Ojarasca 223 de La Jornada, Noviembre de 2015, p. 2: http://www.jornada.unam.mx/2015/11/14/oja-cruz.html

 

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