El indígena en la historia mexicana del Siglo XIX

“La verdad se va definiendo, buscadla…”
Justo sierra

Las élites bien enriquecidas y educadas del territorio de la Nueva España, sin menoscabo de ningún tipo, se veían herederos de los conquistadores, pues sujetos a las creencias sobre los derechos de nacimiento, encontraron las justificaciones y disidencias para el establecimiento económico-político que los regía, y el motivo para sus tertulias intelectuales, que se extenderían allende de los límites virreinales; nació, también en este periodo colonial, los enfrentamientos de castas, que lejos se aminorar con la Independencia, se ocultaron tras el velo libertario.

    En Perú, Juan Pablo Viscardo y Guzmán señaló que la rebelión de Túpac Amaru dejó una herida en el pundonor criollo: “ofendía el orgullo de los criollos que despreciando soberanamente a los indios, no estaban dispuestos a aceptar a uno de ellos por amo”,[1] más, porque mataron a varios criollos, sin embargo, también dejó relucir el fracaso de los indios contra sus opresores, la falta de apoyo del resto de la nobleza india y –añado–, de los pueblos indios: “El resultado fue que los jefes militares criollos lograron contar con un considerable respaldo indio para combatir los rebeldes. En efecto, Viscardo admitía abiertamente que el ‘recíproco celo’ de las razas que poblaban Perú había destruido la posibilidad de emprender una acción conjunta en contra del régimen colonial”.[2] Incluso toda rebelión hecha por mestizos fue sofocada del mismo modo. Finalmente, la necesidad de los criollos por erradicar a los españoles de las colonias americanas, los forzó a respaldarse de la hybris que tanto despreciaban. Esto, no estaba alejado del caso mexicano; pues ambos territorios pertenecían al Virreinato y, por tanto, pocas diferencias eran esenciales.

    El español-americano tenía su propia historia de tres siglos, así lo expresó Viscardo: “El Nuevo Mundo es nuestra patria, su historia es la nuestra […] tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios, y de nuestros sucesores”.[3] La de los indios es más larga, pero dividida por el antes y el después de las guerras de conquista.

    La representación de los indios, en las juntas para elegir gobierno durante el interregno de 1808, estuvo determinada por la necesidad de su apoyo y el rechazo moral; Primo de Verdad, por ejemplo, aspiraba a la unión entre americanos para evitar la rivalidad y los celos: “Entónces se olvidarían los odiosos nombres de indios, mestizos, ladinos, que nos son tan funestos”.[4] Esta unión ansiada por los intelectuales independentistas fue poco aplicable a la realidad. La existencia de los indios era innegable, pero al pretender borrar la diferencia política con un decreto, los criollos no veían la interioridad del escollo planteada en las identidades. José Morelos y Pavón lanza su manifiesto unos años después:

[…] que no hay motivo para que las que se llaman castas quieran destruirse unos con otros, los blancos contra los negros, o éstos contra los naturales […] porque sería la causa de nuestra total perdición espiritual y temporal.

Que siendo los blancos […] los que primero tomaron las armas en defensa de los naturales de los pueblos y demás castas […] deben ser los blancos, por este mérito, el objeto de nuestra gratitud y no del odio que se quiere formar contra ellos[5]

   ¿Acaso un decreto puede hacer olvidar las diferencias? ¿La palabra legal es capaz de semejante transformación? ¿Cuál es el problema para la conformación de una nación tan diversa? ¿Es un problema de identidad cultural la integración? ¿Se puede condicionar todo el problema a esta idea tan endeble? Morelos sentencia en Los Sentimientos de la Nación: “15° Que la esclavitud se prescriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales […]”.[6] Lejos de una liberación, fue un ocultamiento.

    Lorenzo de Zavala menciona que la conquista redujo a los indios a la esclavitud, sirviéndose los españoles de ellos, “sin que éstos tuviesen ni valor para oponerse, ni aun la capacidad de explicar algún derecho”.[7] Pero después de la independencia ¿fue distinto? Bustamante dice a Morelos, “nuestras localidades marítimas nos proporcionarán un comercio directo con la Europa a cambio de efectos indígenas, con los que conseguiremos lo necesario para conservar la vida, y lo que es más, armas y tropas auxiliares para acabar de sojuzgar a nuestros enemigos”.[8] Tres siglos después de la conquista y ¿no hubo indios qué entendiesen esto? O ¿el problema es otro? En efecto, el conflicto es otro. Tampoco parece ser un asunto de identidad.

    Zavala ensarta el aguijón sobre un tema de preocupación actual, las Leyes de Indias como “método prescrito de dominación sobre los indios”.[9] Las leyes para los indios son vistas como leyes especiales por su incapacidad antes que ser una normalización que los respeta. Durante el siglo XIX se escribe sin tapujos ni consideraciones –a diferencia del XX–, no hay por qué ocultar su opinión con respecto a los indios. El mismo autor, señala que la lengua india “es pobre y carece de voces para espresar ideas abstractas”. Aparte de creerse el embrutecimiento en que vivían los indios argumenta sobre las mujeres indias: “sus mugeres ó hijas […] no conocen esa inclinación tan natural á su secso de parecer bien delante de los demás”.[10] A pesar de su gran instrucción y experiencia del mundo, desconoce que los conceptos como belleza y fealdad tienen una carga histórica y cultural, lo cual es herencia de las ideas generalizadas de la Nueva España y que no desaparecieron cuando se cambió de forma de gobierno –o de manos.

    Otros, como José María Luis Mora, califican a los indios por la falta de trabajo constante, el derroche en fiestas de lo poco ganado, el tiempo que pasan en ociosidades y embriagados; hubiera sido bueno preguntarle, ¿cómo fue que estos indios con tanto tiempo de ocio y borracheras lograron enriquecer sus arcas? Zavala también criticó a sus conciudadanos españoles como incultos, polizones, fanáticos y con aires de grandeza, y descolló en elogios a Morelos. Cabe añadir, que él entrevió el problema de juzgar a una cultura por la impresión de unos cuantos: “[…] los españoles eran detestados, y como el pueblo juzga por las masas, y no por los individuos, un español cualquiera, y enemigo, eran sinónimos”.[11]

    En el Diario de México, el día 18 de noviembre de 1805: “se publica un aviso de venta de una esclava de 20 años que sabe coser y lavar”,[12] si era india o negra no parece haber diferencia, porque ambas eran inferiores. La desigualdad no sólo de razas sino de clase social no deja mentir en el prototipo que se tenía de los indios –y negros–, había incluso un Hospital General de Indios.[13] No se quería siquiera tener la menor relación que no hubiera sido estrictamente la de amo-siervo, y cuando se les describía se usaban adjetivos peyorativos: borrachos, ignorantes y supersticiosos. En un anuncio de la misma época se declara: “Se hace una caracterización de las facultades de los salvajes en base a sus necesidades: como únicamente se procuran el alimento y no tienen dificultad en conseguirlo, no tienen necesidad de pensar; para defenderse de los animales han desarrollado su cuerpo, en cambio en los civilizados se desarrolla el alma”.[14]

    Las jerarquías en la Colonia estaban bien diseñadas para no dejar dudas del lugar que se ocupaba, sin embargo, la Independencia no resolvió el conflicto. Melchor de Talamantes –como Viscardo, Mora, Lucas Alamán, Mier y Terán– expresa el sentir de los criollos en el concepto de ‘honor nacional’ como el ‘honor español’, en contraposición a los mestizos que buscarán una reconciliación e identidad con el pasado prehispánico y la cultura española. Estos mundos (indios, criollos, españoles, negros y mestizos de todo tipo) que compartieron el mismo territorio tuvieron una fractura mayor cuando “la independencia aceleró movimientos migratorios que, hasta entonces, habían avanzado con una considerable lentitud”[15] e hizo que la desigualdad fuera más tangible.

    Los indígenas luego de la independencia “perseveraron en su empeño por defender su peculiar mundo institucional”,[16] así poco tiempo después, estaban envueltos en su propia independencia: la guerra de castas. El indígena que en 1810 se vio enfrentado a la necesidad de tomar partido por uno y otro bando, era diferente al de la conquista. Los mayos, los yaquis, los mayas… luchaban, no por una sola consigna, sino por justicias agrarias y sociales; la forma fue, tal vez, violenta, pues cometían depredaciones, secuestro, robo, asesinatos –pero qué no conocieron esto mismo de los colonizadores.

    Los ciudadanos mexicanos pedían apoyo al gobierno en turno para la guerra en contra de los indios; sus peticiones no siempre fueron escuchadas. Los odios crecían. Los ciudadanos se defendían con sus propios recursos, en 1849, en Durango, por ejemplo, se ofrecía 200 pesos por cada indio –extranjero o nacional, pues llegaban indios norteamericanos– que mataran o apresaran, aunque para 1855 bajó el costo a 50 pesos por prisionero, se les seguía tratando como piezas de comercio.

    La preocupación intelectual, política y ciudadana es, después de la Independencia y sin el yugo español, cómo someter a los indígenas, “[…] sobre cuáles serían las mejores maneras de la colonización, disminuir la preponderancia de la raza indígena en México, entre las que se encuentran la colonización como una manera de aumentar la raza blanca, hacer fuerte a la nación y crear una nación industriosa”.[17]

    Llegó la respuesta: la “educación”. Crear escuelas con maestros religiosos: “Se analizan la potestad que ejerce el clero sobre los indios, como algo natural, y el papel que debe jugar el clero en la civilización de los indios. Se propone que en la educación de los indios, éstos entiendan como ley de Dios el que se sujeten y respeten a las autoridades. Se debe usar el método de la persuasión”.[18] La educación no presentó formación, sino unificación. El término ‘educativo’ sustituirá al de ‘civilizar’, casi como acto desesperado para la integración. Benito Juárez expresaba que: “Entretanto, los ciudadanos gemían en la opresión y en la miseria, porque el fruto de su trabajo, su tiempo y su servicio personal todo estaba consagrado a satisfacer la insaciable codicia de sus llamados pastores. Sí ocurrían a pedir justicia muy raras veces se les oía y comúnmente recibían por única contestación el desprecio, o la prisión.”[19]

    La constitución política de Yucatán en su 6° artículo indicaba: “se suspende el derecho a ser ciudadanos de Yucatán, a los indígenas que no sepan leer y escribir.”[20] Este estado, con razón, sufrió los embates más duros por parte de los mayas: “Se comenta la venta que se está haciendo de “huérfanos” indígenas al exterior, considerando si no será ésta una de las causas del porqué los indios continúan haciendo una guerra de muerte a los blancos”.[21]

    La sociedad mexicana a través de “El periódico propone que se extermine a estas ‘hordas salvajes’ para que los pobladores sientan que pueden dominar a los indios.”[22] El sistema desea el dominio de los bárbaros, para que no causen un retroceso, pero la guerra de castas está latente como un signo de que la dominación no será fácil; Chiapas, por su lado: “Se lamenta que la raza indígena no olvide el odio contra los no indios, a pesar de los esfuerzos que se han hecho para civilizarlos”,[23] así se pretende que las vejaciones sean olvidadas. Chihuahua declara: “La desconsoladora verdad es que los indios tienen un instinto indomable de sangre y robo y como no ha funcionado la civilización, no queda más recurso que su exterminación o dispersarlos a grandes distancias”.[24] La desconsoladora verdad es que el indio es un eterno reproche a la civilización, ¿y los negros?

    El indio, en las batallas, no tiene ni nombre, sólo los hombres blancos son valientes y tienen derecho a uno, y a su indemnización. Los indígenas con nombre son de dos clases; el jefe de una rebelión: Cajeme, Gerónimo, Victorio; y el que demuestra que tiene capacidad para integrarse, Juárez y Altamirano. Queda claro, mezclarse o exterminarse.

    En esas épocas de guerra, aún los indios acuden a pedir auxilio por injusticias cometidas contra ellos por los mexicanos y por otros de su misma raza, tal es el caso del jefe Cajeme, cuando algunos rebeldes atacan a su familia. ¿Pero es qué hay alguna contradicción por luchar contra una sociedad a la que le piden justicia? ¿Admitían al mexicano como personas para compartir el territorio y exigían un respeto semejante? La historia que se va formando es la que niega la razón al indio, sus actos de lucha son barbarie, las guerras de los no-indios, son actos de razón. Así los criollos y mexicanos, y el no-indio en general, son llamados nacionales; los indios, enemigos naturales de la razón y la nación. Una consigna que se impregnará en la conciencia general, y que se ha heredado de la Colonia. Francisco Pimentel en 1864 declaró: “hay dos pueblos diferentes en el mismo terreno pero lo que es peor, dos pueblos hasta cierto punto enemigos”.[25]

    Lorenzo de Zavala, se pregunta sin contestarse, al respecto: “¿qué deberán hacer las familias conquistadas, sobre las que se han ejercido vejaciones de todos géneros por tres siglos, al verse incorporadas por las constituciones del país á la gran familia nacional?”.[26] Y más adelante, en una crítica mordaz a su propio quehacer revolucionario, afirma: “Hay pues un choque continuo entre las doctrinas que se profesan, las instituciones que se adoptan, los principios que se establecen; y entre los abusos que se santifican, las costumbres que dominan, derechos semifeudales que se respetan”.[27] Hay fueros militares y eclesiásticos, clases privilegiadas, “la ausencia de todas las garantías sociales, no pueden dejar de producir una guerra perpetua entre partes tan heterogéneas, y tan opuestos intereses. Hágase desaparecer ese conjunto de anomalías que se repelen mutuamente”.[28] Los indios, negros y los mestizos menos favorecidos a la voz de “Mueran los gachupines; viva nuestra Señora de Guadalupe” se lanzaron a la guerra, pero la independencia de México terminó por ser nominalmente de otros, menos del pueblo.

    Teresa de Mier, con el fervor que lo caracterizaba, retomó el derecho de origen. Los españoles americanos o criollos se enfrentaron contra los españoles peninsulares por un derecho que se habían construido tras el despojo de las posesiones de sus progenitores conquistadores: “La América es nuestra, porque nuestros padres la ganaron si para ello hubo un derecho; porque era de nuestras madres, y porque hemos nacido en ella”.[29] La República Anahuacense[30] de Fray Servando tiene dueños, ¿existe el derecho de los vencidos? La posición de los habitantes de la Colonia no es la misma, entonces, tampoco es la misma búsqueda de independencia.

    Las insurrecciones de los diferentes grupos indígenas dispersadas, que se sostuvieron antes del siglo XIX y que se intensificaron en éste, no tuvieron el alcance de formación general sino el de sobrevivencia particular. Si bien, algunos destacaron como los mayas, al sur, y yaquis, al norte del país, que representaron un peligro a nivel nacional. No obstante, sin importar a qué grupo étnico pertenecieran y el gobierno que rigiera, eran vistos como desestabilizadores y enemigos naturales.

    El Estado tiene el deber de desarticular toda rebelión que ponga en peligro la estabilidad, a favor de sus ciudadanos, sin embargo, de ningún modo tiene la facultad de quitar derechos a quien nunca le ha otorgado la ciudadanía. Por ello, he aquí el conflicto: ¿los indios a qué Estado pertenecían? A un Estado de retóricas. ¿Pertenecían al Estado sólo porque estaban dentro del territorio nacional? ¿O porque en la conquista la posesión del indio se heredó a la Colonia y luego al Estado independentista?

   Los calificativos, o ya si se quiere, el análisis que derrama la clase intelectual del país, a los indios, es desfavorable, y en algunos puntos, es escalofriante hacer notar puntos cuestionables: “estos cortos y envilecidos restos de la antigua poblacion mejicana, pues la opresion en que han vivido tanto tiempo ha escitado en su favor la compasion de todo el orbe civilizado, y aun ha estraviado el juicio hasta atribuir esclusivamente al gobierno español y a la dureza de sus ajentes lo que en mucha parte depende del aislamiento de la raza de que descienden”.[31] ¿Qué representó el indio para los mexicanos en el siglo XIX?

[…] su aspecto es grave, melancolico y silencioso […] a pesar de esta seriedad, sus maneras y modales son suaves, dulces y complacientes: acostumbrado a disimular y hacer un misterio de sus acciones a causa de la larga opresion en que ha vivido, su semblante es siempre uniforme, y jamas se pintan en su fisonomía las pasiones que lo ajitan por violentas que lleguen a ser. Tenazmente adicto a sus opiniones, usos y costumbres, jamas se consigue hacerlo variar; y esta inflexible terquedad es un obstaculo insuperable a los progresos que podria hacer. [32]

    Esta invariabilidad de las costumbres en el tiempo –que en el siglo XX será la base para el respeto a los pueblos originarios– que tanta perplejidad causa, sin la llegada de los españoles –dice Mora– sería peor. ¿Puede una raza cambiar de espíritu de manera tan radical? ¿Es la terquedad el más grande obstáculo sobre la condición, social-económica, indígena? Aún más ¿qué esconde esta necedad de evitar todo cambio? Existen, por supuesto otras explicaciones que no fueron alcanzadas durante este periodo, pero han dado pie para su próxima reflexión. Mora agrega:

La revolucion, bajo este aspecto, no ha dejado de perjudicarles, porque han pretendido serlo todo de un golpe antes de tener disposiciones para nada, y las pretensiones de algunos de ellos han llegado hasta proyectar la formacion de un sistema puramente indio, en que ellos lo fuesen esclusivamente todo; este proyecto irrealizable en todos los tiempos lo es mucho mas en la situacion actual de la Republica .[33]

    ¿Ha faltado encausar el destino? Si es así, cabe cuestionarse, ¿la imposibilidad de un gobierno indio se debe a los efectos que pueden causar a los intereses de los mexicanos o realmente tiene una base sólida? ¿O es porque los mexicanos no lograrían mucho de lo que imaginan sin éstos? Puede que ellos pensaran que los indígenas eran su obstáculo para el progreso ¿pero no fueron su plataforma? Para Mora, después de la independencia, la situación de los indígenas cambió, y mientras existiera ese cambio no podía haber quejas. ¡Vaya ilusiones de intelectuales! ¡Cómo les gusta construir imágenes discordes a la realidad! Ese afán de ocultar tras su razón los defectos de sí mismos y sus limitantes, con sus discursos de libertad y progreso ¿no ocultaron los problemas de un territorio en ciernes de nación y, ante su falta de patriotismo, culparon a los indios y al pueblo mexicano de sus errores? Se necesitaba ganar una guerra y encontraron el recurso infalible:

Ya no se trató de una revolucion ordenada, ni se deseó la independencia por los bienes que debia producir, el furor, la venganza, y el odio a sus opresores, fueron los sentimientos que ocuparon a los vencidos. Desde entonces en nada se pensó, sino en generalizar este sentimiento, y convertirlo en una pasion popular.[34]

    El rencor de dos pueblos fue el recurso. El pensamiento de estos intelectuales independentistas “muestra justamente cómo deseaban estos pensadores que fuera la sociedad”.[35] Cuando leemos los textos de los dirigentes asoma una guerra de ideas en el que «importaba más el impacto del discurso que su aprobación”,[36] mientras en el resto del país se libraban las luchas de las sociedades, de criollos atacados, de mestizos, de indios y negros en una anarquía que poco se reflejaba en los discursos.

Su optimismo, sin embargo, se tropezó con una realidad compleja de pobreza, aislamiento geográfico y divisiones sociales que pocos individuos estaban dispuestos a reconocer. Se convirtió en artículo de fe la idea en todos los aspectos era mejor bajo los distintos gobiernos independientes de lo que había sido bajo la corona de España. Los siguientes testimonios ilustran su incapacidad de proyectarse más allá del entorno de una reducida élite.[37]

    La falta de rigor con el pensamiento propio, nos asoma al problema de la identidad cultural y la conformación de una nación. Cuanto pensaban las clases dominantes era a partir de los textos y costumbres europeas, poco miraron a su patria como se debía y a su nación con distintas culturas, ¿cómo podría repensarse a esta nación con los distintos grupos indígenas, con la diversidad –también de culturas– llegada de África, con los diferentes mestizajes, los criollos y los mismos españoles?

    El modo de vida de los independentistas dice más que sus discursos: “El desprendimiento de los indígenas por los bienes materiales confirmaba la poca estima en que los tenía Lorenzo de Zavala, que no les encontraba signos de mejoría en la ropa, los muebles ni en el trato”.[38] De este modo, las ilusiones que se habían ganado con la independencia y los intentos por la construcción de una república afirmaban un problema mayor de fondo. Al decreto jurídico le contradecían los hechos. Zavala declaraba su afición a las reuniones de café, porque sólo en esos lugares estaba a gusto al tratar con gente civilizada.[39] Los independentistas tenían que creer en sus discursos: “No creerlo deslegitimizaba los proyectos políticos y sociales tan caros para los forjadores del Estado moderno”.[40] Y el indio reacio a entender el progreso: “[…] no puede cubrir su cuerpo sino con harapos, en el orden común y regular, jamás será visto de los demás con aprecio y consideración…Nadie que no sea apreciado pude estimarse en algo”.[41] Según Mora, “cuanto más se asemejaba la vestimenta mexicana a la europea, más civilizado estaba el pueblo”.[42] Y ¿a esto le llamaron civilización?

    Antes de morir el siglo XIX nos hereda, una nueva imagen. El indígena comienza agonizar como individuo existente para el país, ahora se busca que sea un objeto de estudio histórico, se ha visto la necesidad de convertirlo en algo exótico para usarlo como adorno: “Se desconoce la situación en que quedó la diosa del agua; es una grosería que ande rodando una diosa de tan alta alcurnia”,[43] es evidente el sarcasmo en la nota periodística, pero nos habla del nuevo papel que jugará la historia del indígena. El presidente Porfirio Díaz, con su afición por la cultura afrancesada, mira al indio como objeto arqueológico y como una manera de resaltar en las exposiciones mundiales, en donde tiene la oportunidad de legitimar la historia de México como victoriosa; así, con el renacimiento de un pasado tan lejano niega la existencia real del indio en las haciendas, endeudado en las tiendas de raya, a los indígenas vivos que exhibe son el espectáculo principal en las exposiciones francesas.

    La Filosofía de la Historia ya estaba bien establecida, Kant y Hegel habían legitimado los pueblos con Historia. Por lo tanto, “no se podía imaginar un pueblo que luchara por su emancipación y que no legitimara esta lucha con un pasado de agravios, de héroes, de memorias colectivas”.[44] Lo “mexicano” se estaba construyendo y el indígena estaba siendo diseminado en el camino. En el discurso de 1891 en honor a Cuauhtémoc se declara: “[…] se celebra un homenaje al caudillo de los vencidos, sobre todo por muchos herederos de la sangre y cultura de los vencedores”.[45] Había un doble discurso para la historia que se estaba construyendo. Entre el mexicano y el indio se abría una brecha, que será delicado subsanar: lo indígena es lo más diverso a occidente, por lo que le da un sentido propio a la nación, pero está tan distante a ésta que, a su vez, no puede formar parte de ella.

    Manuel Orozco Berra expresará entonces: “Por primera vez sentimos que el indio no está presente, que el nahua ha muerto. El pueblo azteca será –desde ahora– un bello tema arqueológico”.[46] El individuo existente choca contra el pueblo trágico, casi héroe, quedando eliminado, y al morirse le da vida al mexicano –los criollos también tiene que irse diseminando, al igual que los negros–. Así como un sujeto impersonal, el indio se legitima como objeto digno de estudio: “Toda trascendencia o significación propia ha quedado eliminada”.[47] Toda significación ha quedado entre las líneas del historiador, su valor es la utilidad: “Lo indígena se ha convertido, por su muerte, en manejable instrumento”,[48] se convierte en el ser de la historia mexicana, y lo que pudo ser una forma de unirse durante la lucha conjunta de independencia, siguió siendo una confrontación entre los indios y no-indígenas. Pero también deja nuevas reflexiones históricas, quizá como dijo Francisco Bulnes: “el indio es patriota para su raza, pero no para la que lo ha oprimido; defiende con heroicidad no el territorio nacional, sabe que no es suyo, pero defiende lo que le han dejado en las montañas y en los territorios lejanos”.[49] El siglo XX, traerá nuevos asuntos que tratar…

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Viscardo, Obra completa, I, pp. 259-261 Apud Juan Pablo Viscardo y Guzmán, “Introducción” en Carta dirigida a los españoles americanos, p. 22.
[2] David A. Brading, “Introducción” en Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Carta dirigida…, p. 22.
[3] Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Carta dirigida a los españoles americanos, p. 73.
[4] Francisco Primo de Verdad y Ramos, “Memoria póstuma del síndico del Ayuntamiento de México” en Carmen Rovira (Compiladora), Pensamiento Filosófico Mexicano. Del siglo XIX y primeros años del XX, p. 157.
[5]Fuente: Documentos de la guerra…, pp. 29-31 Apud Ernesto de la Torre Villar, “Morelos. Documento 9. Decreto de Morelos que contiene varias medidas, particularmente sobre la guerra de castas (13 de octubre de 1811)” en La independencia de México, p. 221.
[6] Ernesto de la Torre Villar, “Documento 20. Morelos. Sentimientos de la Nación (1813)” en op. cit., p. 251
[7] Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de México. Desde 1808 hasta 1830, Tomo I, p. 11.
[8] E. Torre, “Documento 16. Bustamante a Morelos” en op. cit., p. 238.
[9] L. Zavala, op. cit., Tomo I, p. 12.
[10] Ibid., p. 14.
[11] Ibid., p. 62.
[12] Diario de México, 18-X-1805, en Teresa Rojas Rabiela (coord.), El indio en la prensa nacional mexicana del siglo XIX, tomo I, p. 3.
[13] Cf. Diario de México, 25-IX-1806, T. Rojas, op. cit., p. 4.
[14] Diario de México, 24-III-1809, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p 9.
[15] Manuel Ferrer Muñoz y María Bono López, Pueblos Indígenas y estado Nacional en México en el siglo XIX, p. 621.
[16] Ibid., p. 620.
[17] Monitor Republicano, 09-VII-1848, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 43.
[18] Monitor Republicano, 01-VII- 1849, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 77
[19] Benito Juárez, Cartas y Escritos, Foja 45-46, pp. 120-121.
[20] Monitor Republicano, 01-XII-1850, en T. Rojas, op. cit., tomo I, p. 107.
[21] El Universal, 12-IV-1851, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 65.
[22] El Universal, ¿?-IX-1853, en T. Rojas, op. cit., tomo III, p. 141.
[23] Monitor Republicano, 01-III-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 5.
[24] Monitor Republicano, 28-XII-1881, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 26.
[25] L. Villoro, op. cit., p. 209.
[26] L. Zavala, op. cit., Tomo I, p. 18.
[27] Ibid., p. 21.
[28] Ibid., p. 22.
[29] Fray Servando Teresa de Mier, Ideario político, p. 231.
[30] Ibid., p. 234.
[31] José Ma. Luis Mora, México y sus revoluciones, Vol. 1, p. 62.
[32] Ibíd., p. 63-64.
[33] Ibid., p. 67.
[34] José Ma. Luis Mora, México y sus revoluciones, Vol. 2, p. 354.
[35] Anne Staples, “Una sociedad superior para una nueva nación” en Historia de la vida cotidiana en México. Bienes y vivencias. El siglo XIX, Tomo IV, p. 307.
[36] Ibid., p. 308.
[37] Ibid., p. 307.
[38] Ibid., p. 315.
[39] Cf. A. Staples, “Una sociedad superior para una nueva nación” en op. cit., Tomo IV, p. 319-320.
[40] Ibid., p. 326.
[41] Mora, 1987, p. 106 Apud Ibid., p. 313.
[42] Ibid., p. 314.
[43] Monitor Republicano, 10-V-1890, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 251.
[44] Antonio Annino y Rafael Rojas, La independencia. Los Libros de la patria, p. 12.
[45] Monitor Republicano, 25-VIII-1891, en T. Rojas, op. cit., tomo II, p. 346.
[46] Luis Villoro, Los grandes momentos del indigenismo en México, p. 192.
[47] Ibid., p. 203.
[48] Ibid., p. 204.
[49] Ibid., p. 211.

Publicado en los números 6 y 8 de Revista Sinfín, 2014.

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