Khalil

Ana Matías Rendón

La música suave hacía que los rostros por demás conocidos en el bar, fueran atraídos por el sonido que los circundaba. El semidiós al piano logró dominar a los asistentes, pero con la certeza de que el espectáculo terminó con los aplausos y una sonrisa, acaeció –como en ocasiones suele suceder y sin que la divina providencia interviniera-, la tragedia insospechada tras el escenario. El amante abrió la puerta del vestidor, se quedó parado unos segundos, segundos de incomprensión seguidos por el temor a la muerte, la sangre que preparó el camino para el desenlace había concluido, dos cuerpos mutilados.

La noche ha impedido continuar con las pisadas de las teclas, Khalil se ha marchado. Tomó su sombrero con desgano y con desesperanza buscó a una mujer que otrora le hiciera sentir acompañado. Nicktam, sin duda, lo ha estado esperando en el mismo sitio, sentada y con ilusión banal. Ambos al encontrarse se retiran con el nocturno de la medianoche. El amor es de locos que no esperan y menos a la mañana, un cuerpo sobre el otro, el calor humano, la humedad de la piel y la pasión razonada del amor y justo es aquí, la necesidad del otro.

–¿Me amas? –una pregunta súbita le ha angustiado a Khalil y queriendo pensarlo se le ha escapado de la boca, la que hasta entonces había estado besando y rozando cada parte del cuerpo de su amante. Ella, solo logró pensar su respuesta, si él no estuviera sabría que le faltaría.

–Nicktam, te ruego que escuches ahí donde no hay palabras, donde sólo está mi ser, donde sólo estoy yo y están las ausencias de todos… –Khalil la ha abrazado, su cuerpo desnudo recibe el de la mujer. Cierra los ojos y su mirada se pierde dentro de su soledad. La luna es testigo del amor, sin embargo, se va y mengua los deseos para conciliar nuestros sueños y el día inoportuno, desvergonzado de su acto celebra su entrada por la puerta que abre la aurora.

La gente dice que al padre de Khalil, un músico negro, por el sol que no se crea que es por otra circunstancia, sólo le faltó un poco de suerte para ser un gran intérprete, pero otros arguyen que fue culpa del alcohol y las mujeres, sobre todo de una, La Mayra, como gustaban de llamarla en el trabajo, porque su esposa abnegada estaba esperándolo en la casa, como debía ser. Es, semejante a algunos padres, un reflejo inexistente de lo que pudo ser y no es, visto a través del espejo de su hijo: un seductor y, también, el de órdago instrumentista. No hay que olvidar la botellita con tres cuartos de uso y el otro de desperdicio, porque el líquido se ha hecho dueño de su motricidad; y dice con la experiencia terminada años atrás:

–Necesitas practicar –hipo– más –y Khalil con sabiduría añeja sólo asiente para evitar confrontarse con su progenitor, sabiendo de antemano que los borrachos al igual que los niños son molestos, sin embargo, no se impide cavilar sobre su venganza consumada.

La Mayra no llegó con su vestido rojo, ya no llegaría. La cita de hoy y todas las demás se habían cancelado, por la voluntad del señor Padre Satanás, no hay que permitirse pensar que fue por el Dios Celestial, que Él no se atrevería a causar daño tan noble. El negro tira la botella harto de la vida miserable.

–¿No la extra –hipo– extrañas? ¡Contesta! ¿Qué no la extrañas Khalil? –Hipo– ¿Cuándo estábamos ella, tú y yo, juntitos? –Risa entre sollozos– ¡A tu madre no le hubiera gustado!

Khalil sonríe y le mira con inocencia perversa.

–Mayra ha muerto.

Dio la vuelta y salió del bar. Se abotonó el abrigo y recogió una soga tirada en el camino. El cielo va perdiendo su blancura y el frío penetra los huesos. Nicktam le ha visto y le sigue hasta llegar al bosque. Él voltea y con su atención fija en ella le dice:

–¡Oye! ¿Haz escuchado mi silencio? ¿Haz oído mi mutismo? Son palabras impronunciables, sin eco y sonido, sin nada que las delate y sin que algo las esconda. ¿Haz sabido escucharme? ¡No! No quiero recordar, si recuerdo me muero y no seré capaz de renacer, sería cometer otro asesinato, el más grave de todos.

Al verlo, descubre a un extraño con el cuerpo que ha conocido varias veces.

–¿Por qué? –Preguntó.

–Te ruego que escuches ahí donde no hay palabras…

–Ya te escuche, ¿te preguntaste si te sabes explicar? –respondió Nicktam entre dudas y un tanto de comprensión amorosa. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Khalil, su rostro revelaba el miedo. Está solo, siempre lo ha estado. Cada que sentía el frescor del viento, sus ojos llorosos no habían podido ocultarse. Su angustia escondida se escapaba.

–¿Cómo no matarla? A ella, a su hija, de todos modos iba a ser igual o peor, más valía que personas así no nacieran, personas como yo. No importa decir hermosas poesías, las palabras no sirven, nunca han servido, excepto para ocultarme, por ello perdona mi escueta explicación:

La Mayra se probaba su nuevo vestido rojo frente al espejo.

–Había mirado por la rendija de la puerta casi cerrada, semejante al niño aquel que saciaba su curiosidad morbosa. Mientras, la niña estaba sentada en el tapete jugando a ser su madre…

Cerró la puerta, con paso sigiloso se acercó, ella le vio venir a su espalda. Él, colocó su mano tapándole la boca y la nariz.

–Me cubriste de suciedad –aprieta más– ¡Haz pecado! Son los deleites del mal los que te hacen actuar de esa manera –la prostituta ha forcejeado sin ningún resultado.

–¿Quién eras para permitirte ese daño?

–¡Mamá! –gritó la niña.

–No grites, que no dolerá –rió Khalil– ¿Crees que dolió aquella noche? –un golpe sobre la ramera– Necesito limpiar lo que ensuciaste.

La hija siguió gritando, pero el ruido del bar opacó toda esperanza. Khalil tomó a la criatura como un bulto inservible y la arrojó con furia, la niña ya no se levantaría más. La mujer que se ha resistido a darse por vencida mira a su hija sin vida, intenta incorporarse pero a cada respiro recibe un golpe, sus suplicas se ahogan.

–No grites, aturdes mis pensamientos. Ahí estoy yo. ¡Calla! Demente, ¿qué locuras cometerás? Yo. Ninguna –la acerca al espejo– nunca volverás a mirarme. Nunca más.

Sus manos rodean el cuello delicado de la ramera, sus dedos de excelencia musical han terminado magistralmente con el drama. Una carcajada estruendosa:

–¡Sonríe!, no olvides sonreír después de la muerte.

Y luego las cercené –suspiró– jamás pensé que la muerte fuera tan sencilla de comprender.

Una lágrima repentina se deslizó por su mejilla, su conciencia se cernió de la maldición de su padre. Jamás haces algo bien. Eres un estúpido.

–Pero este estúpido sabe que él y su mujer no retornarán a mi mente, ya no cambiará la situación, morirá lentamente por lo que hizo el estúpido que aprendió a sonreír.

Sonríe, no olvida sonreír, fue lo primero que le enseñó su padre al terminar el espectáculo.

–Escapemos –exclamó espontáneamente Khalil– nos iremos a donde nadie nos encuentre.

Nicktam se ha quedado parada observando al asesino, ha negado con la mirada. El bosque fresco, la llovizna, la luna oculta y la soga son el escenario, dialogan palabras incomprensibles. La lluvia les impide mentirse porque cada gota les limpia los engaños.

–¡Ser! –Ha gritado Khalil– es mi ser –da la vuelta y mira la soga– Esta noche dejo el silencio.

El sonido de un piano al fondo, la música suave y la noche que ha mirado sin preverlo. Ella observó el cuerpo extendido en el aire, sujetado por la fuerza del árbol. Pálido, con la boca semiabierta, y las gotas conociendo cada parte de su cuerpo, como lo hiciera ella, sólo que ya no le pertenecía. ¿Quién dijo semidiós? Yo. Luego la llovizna entre la bruma de la noche.

Nicktam mira el paisaje por la ventanilla, con el sol resplandeciente, y un suspiro que le roba la locura. Sonríe, tú no ocultas nada. El movimiento del tren es hermoso, parece ir siempre hacía atrás como si pudiera romper el tiempo venidero.

 *Publicado en la Revista PalabrArte, de la Casa de la Cultura de Oaxaca, 2005.

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