El canto del pájaro azul

Dibujo

 

¿Alguien ha oído su canto?

Es el viajero que se cansa el que mira con ilusión el día que le espera. Este hombre observa con hastío el mundo que le rodea, pero sueña con seguir yendo de lugar en lugar; se queja de su dolor y maldice su suerte aún cuando le sonríe a la vida. No se puede negar, a cada paso que se afirma se oye el canto del pájaro azul y al hacerlo su alma se extingue. ¡Oye, cómo su canción anuncia al bosque la llegada del viajero! El pájaro azul canta. Yo misma le he oído un par de veces, me cuentan que ha venido a buscar un anillo de amantes de otro tiempo, de mujer enredadera de los mejores frutos; así lo dijo él, yo sólo repito las palabras.

El viajero se mira en el reflejo del río, no es cierto que sea demasiado viejo pero su rostro es el de un hombre maduro, su cuerpo lo admite, se es fuerte para algunas proezas pero débil para hacerlas con pasión desenfrenada, únicamente, le queda la determinación de hacer lo que su alma le dicta –¿a qué has vuelto? –se pregunta. Tal parece que él es el único que lo ignora, todos lo esperan, incluso, con la extrañeza de que podría ser un equívoco, cómo lo reconocerían después de tantos años. Aunque lleva el mismo traje sastre con el que se despidió –es un decir, jamás dijo adiós, nunca la hubiera encomendado a Él, de antemano sabía que se quedaba sola–, los trajes con un buen sastre son escasos por esta región, él se lo mandó hacer con el Italiano y gastó toda su fortuna en ello, justo un par de miles, luego se fue. No saben si esperó la respuesta, sin embargo, era de saberse. Sólo un mapa que lleva en el bolsillo interno del saco es todo lo que empacó, siempre supo dónde perderse, no huir, eso jamás le gustó, tan sólo perderse bajo los rayos del sol y dormir al abrigo de la luna o no dormir, porque la oscuridad atrae a los ángeles nocturnos de las angustias.

–Si quieres, inventa una canción mientras caminas; si quieres, imagina que voy a tu lado, pero si quieres, soy realidad…sólo si quieres –le dijo el pajarillo al posarse en una rama, altivo y con delicada elegancia, con tanta suavidad que se confundía con el murmullo de las hojas, con sacramental misterio que el viento sintió celos y quiso arrebatarle el secreto, sin embargo, en su osadía prefirió hacerlo en sigilo para que tal momento no dejara de ser, lo que era.

–Sí quiero –contestó el viajero y comenzó la melodía.

En otra ocasión, le oí susurrar un nombre al viento, en secreto por supuesto, para que ninguna otra persona lo escuchara, pero a nadie le interesaría más que al viajero que recuerda a la dama en su canción, en tanto continúa el viaje de retorno.

Esperó al anochecer para entrar al pueblo. Mientras caminaba entre las calles empedradas, un viejo amigo le vio y le comentó que ella estaba sentada en el balcón. Al viajero le brillaron sus ojos claros, azules como el cielo sereno; quienes conocemos de miradas sabemos que aquellos ojos encerraban la quietud que jamás deja de moverse, de mecerse entre los amores. Al llegar ya no estaba, dormía. La noche es un tormento malicioso no deja que matemos los pensamientos del día, en contraste, le da más vida, le inspira poca compasión para quien trata de olvidar, olvidar qué, suplicio enigmático que lleva a quien no duerme, a dormitar en el dolor de pensar qué puede hacer la persona amada en nuestra vida.

–Ay viejo, no envejecieron tus ilusiones, pero piensa qué vas a hacer si tiene marido… Pues bien, estás frente a su balcón, qué esperas, qué se vaya la madrugada o que por un presentimiento abra la ventana de la recámara. Sigue viendo viejo, tal vez se prenda la luz… –se dijo el viajero enamorado. Sin embargo no le ayudó la reflexión, amaneció y se escondió tras un roble. El pájaro azul se paró en una rama de la enredadera que cubría la pared, muy cercana a la ventana para silbar su copla. Ella estaba ayudando a su esposo en los detalles de su ropa y esperó hasta que él se fuera; se asomó al balcón, estiró la mano instintivamente para acariciar la cabecilla del pájaro percatándose del viajero.

–¿A qué has venido? –preguntó con miedo, sabiendo perfectamente la respuesta.

–Por ti –respondió, pero ella había perdido la ilusión. Sacó el anillo de un cajón y se lo dio al pajarillo. Tras su vuelo se cerró toda posibilidad. El viajero se encaminó hacía el bosque, Azul iba en su hombro cuando le musitó:

–es un secreto, ella siempre ha sido un secreto.

–¿Qué sabes tú de secretos? –el viajero con arrebato le cuestionó.

–Todo –dijo el pajarillo. Entonces el hombre de ilusiones se inclinó en un estanque de agua y pensó en la imagen de ella –y tú mujer, qué sabes de mi mayor tesoro, ¿a caso recuerdas el día, que de niños, enterramos los tesoros debajo del sauce del parque?, tú sólo dejaste una pañoleta y un peine, en cambio, yo dejé mis recuerdos en el cofrecito para las arras de la boda… Tú pediste que los escondiéramos bajo la tierra húmeda, y te obedecí, no sé por qué, tal vez haya sido al ver tus ojos negros, o tu sonrisa de niña traviesa, tu piel tostada, o tu pelo ondulado al viento con suaves brillos sobre tu espalda, pero qué sé yo de poesías o amores cuando en ocasiones olvido que pertenecen a un sólo pensamiento: tú. Sin embargo, tú sólo olvidaste la pañoleta y el peine que te había regalado la abuela en tu cumpleaños o en un día cualquiera de visita, ¿habrá sido importante para ti?…  yo dejé mis recuerdos.

La enredadera siguió creciendo a pesar de los intentos de ella por evitarlo. El viajero tiró el mapa. Si por casualidad, al entrar en el bosque, escuchas al pajarillo azul cantar, no le hagas caso, tal vez es por soledad, porque en la nada qué otra cosa podría hacerse; su alma se extingue, no se pude negar. Un viejo me preguntó, si por casualidad, la había visto pasar, le dije que ella se dirigía a su tumba. No quise verla ahí.

1999

Ana Matías Rendón

A %d blogueros les gusta esto: